El transcurso de los años originó sobre los sillares la formación de la noble pátina del tiempo, que dificulta la percepción de grabados o signos. Sin la utilización de calcos y a simple vista, se pueden distinguir cruces latinas grabadas y repartidas por diferentes partes del puente. Símbolos de cristiandad colocados a fin de preservar al viandante del maligno, en una época impregnada de una fuerte religiosidad.
La cruz del mojón central del puente tiene 20 centímetros de altura por 12 de ancho, distinguiéndose otra algo más pequeña al final del pretil de este mismo lado. En el muro que hay a la derecha, antes de llegar y abocar el puente, se distinguen más señales cruciformes y un signo representando una «f» en letra cursiva de muy bella traza.
Debido al derrumbe ocurrido hace unos años se perdieron dos sillares del pretil. El más próximo a la entrada Este del puente tenía un grabado de regular tamaño de forma semicircular y líneas convergentes, que por su orientación al mediodía, recordaba a un cuadrante, donde los transeúntes conocían la hora solar introduciendo en un pequeño orificio central un palo fino que actuase a modo de estilo o gnomon que proyectaba su sombra sobre las líneas horarias.
En las entradas del Este y del Oeste del puente, coincidiendo con las zonas más bajas situadas al inicio de las rampas, el pretil tiene a ambos lados amplios orificios practicados a ras del suelo que actúan como desaguaderos de las torrenteras, producidas por las fuertes lluvias.
De estas épocas de grandes lluvias, ya dejamos constancia en otras publicaciones. En ellas se aludía a que los caminos parecían ríos, y que una crecida cubrió el puente Asneiro, o que la Lagoa de Bendoiro era un lodazal casi intransitable que impedía salir del pazo de Bendoiro. Estos rigores invernales eran acompañados de temperaturas bajo cero, en los que se helaba la leche dentro de la alacena del pazo de Liñares, o que «por encima de Puente Taboada Viejo se congeló la superficie del río, pudiendo atravesarlo un perro de orilla a orilla»

